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La vida con el coronavirus

26 Apr 2020 | Otros

Salimos menos. Ya nos parece natural no ofrecer al amigo un apretón de manos o un beso en la mejilla. Nos vamos acostumbrando a reunirnos en el ciberespacio y no en un café.

Hay otros cambios impuestos por la cuarentena, a los que es mas difícil adaptarse. Al quedarnos en casa día tras día perdemos muchas de las costumbres que nos ayudan a orientarnos en el tiempo. Los días de la semana son iguales. Ya no contamos con el estímulo que surge de encontrarnos en ciertos sitios con amigos o colegas. Los papeles que desempeñábamos en lugares y tiempos específicos se alternan de manera desordenada o se confunden, porque hay que trabajar, convivir con la familia y descansar en el mismo sitio y sin fronteras temporales claras. Es muy fácil dejar de lado los hábitos de ejercicio y dieta sana que nos mantenían en forma.

Las rutinas desarrolladas a lo largo de años, que nos permitían navegar el día a día en piloto automático, han de adecuarse a las nuevas circunstancias. Tardamos más en hacer las cosas, porque de nuevo hay que ponerles mucha atención o cambiar de planes a cada momento según se desarrolla la pandemia.

Por eso, a pesar de que no salimos, puede que nos fatiguemos más que antes. Sobre todo si traemos a cuestas la exigencia de atender en el mismo espacio y a la vez ocupaciones que antes tenía sus propios tiempos o se compartían con otras personas, y además rendir igual que siempre, como si el mundo no estuviera de cabeza. ¡No se puede!

Si no aceptamos que las reglas han de cambiar, porque las condiciones en que vivimos son distintas, nos condenamos a un estado crónico de ansiedad, frustración y enojo (que nos vuelve más susceptibles a un contagio). La tensión crece, la calidad del sueño se deteriora, la irritabilidad creciente nos vuelve insoportable la convivencia. En los peores casos aparece la violencia doméstica, se agrava el alcoholismo, se descompensan enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión. Aún quienes están físicamente sanos y cuentan con una vivienda espaciosa y un empleo seguro pueden sufrir por primera vez en la vida de ansiedad o depresión incapacitantes.

¿Qué podemos hacer para atravesar esta crisis conservando la buena salud mental?

  1. Aceptar que durante una pandemia la vida tiene otras reglas, para no irritarnos ante las limitaciones a la movilidad y la socialización.
  2. Reservar cierto tiempo cada día para el ejercicio físico, que es el mejor remedio contra la ansiedad y además previene la depresión.
  3. Cultivar una disciplina que permita alcanzar estados profundos de relajación y de atención al propio estado interno, como el yoga o la meditación.
  4. Cuidar el sueño. Retirarnos a dormir a la misma hora cada noche, levantarnos a la misma hora cada mañana.
  5. Huir de las drogas y del exceso de alcohol: arruinan el sueño, incrementan la irritabilidad y propician la aparición de la depresión.
  6. Evitar el consumo excesivo de información: estar al tanto de las noticias directamente pertinentes para nuestra profesión o actividad, y bloquear las cuentas que alientan el odio y la cólera.
  7. Por último, ejercitarnos – con curiosidad y paciencia – en hallar lo que la pandemia nos trae de bueno (que será diferente para cada quien): reencuentros con viejos amigos, o una visión mucho más clara de lo que realmente importa en la vida, o el alivio de prescindir de cosas que ya no hacen falta.

Las necesidades y los riesgos de quienes se ven obligados por la pandemia a cambiar sus planes de vida porque han sufrido pérdidas o porque han de postergar proyectos en los que han invertido ya un gran esfuerzo, van mucho más allá de lo que he descrito. Son tema que merece tratarse aparte.